
Pancho es chileno y enólogo. No hay nada más que saber de alguien para invitarlo a tu casa a comer y sin mediar apenas unas frases abrir una botella, y, si es de su vino mejor. Lo elabora en el sur de Francia con cariñena blanca y alguna otra cepa de allí. Recién abierta apareció, un ligerísimo gas perfumado que se desvaneció lánguidamente pero firme en la boca, flores blancas pequeñas e intimas se fueron abriendo hacia un Mediterráneo luminoso y turbulento, fresco, directo, frontal y despiadado a la vez. Una acidez perfecta, redonda, original. Intimidad y sensualidad, clase y terruño. Sin química apenas. Un vino en la frontera...
Al acabar la comida y después de cinco botellas -también probamos los nuestros- nos fuimos a ver viñas. Pancho tocaba las cepas, mis cepas, como si fueran suyas, se arrodillaba y las abrazaba, las inhalaba. Ellas estaban cohibidas y extrañadas, yo no sabía que decir...








