Sólo hubo una decisión importante en mi vida. Elegí el pincel y no la azada.
A veces siento que me equivoqué...

miércoles, 25 de marzo de 2009

Las oliveras




Durante muchos años, en el límite de nuestros bancales, ha habido un ribazo de margen repleto de zarzales que año tras año mi padre y yo nos dedicábamos a desherbar en verano, aunque también nos servía como cantera, cuando necesitábamos piedras para algún muro, las sacábamos de allí. Quedaba justo debajo de unos olivos plantados por mi tío Pepe, hermano de mi abuelo Juan, y Toni “melonera” que por aquel entonces le ayudaba en el campo. Mi abuelo andaba en Valencia en la tienda de telas que tenía por el centro y las tierras se las llevaba su hermano. De todo esto hará unos setenta años y mi madre todavía se acuerda. Dice que se plantaron allí porque era la peor tierra de todas, y no se equivocaba...
En aquel tiempo los labradores cavaban el campo “a tall fondo” casi enterrados entre los surcos. Hoy con mi pequeña mula mecánica es más sencillo.

En ese ribazo, donde muchas de las piedras han desaparecido y se ha cubierto con un par de metros de tierra, hemos plantado un algarrobo, una palmera traída de una semilla del desierto y ocho cepas de moscatel que seguramente sabrán a melón, dátil y exilio.








El de la foto es mi amigo Jorge.

martes, 17 de marzo de 2009

La lección de anatomía del doctor Joan Deyman


He pasado gran parte de mi vida pictórica – que es parte de mi otra vida – copiando este "enorme" fragmento de un cuadro de Rembrandt, único resto de una obra de mayor tamaño destruido por el fuego. Las manos del doctor Joan Deyman bendicen quirúrgicamente los separados hemisferios del cerebro, extirpando con habilidad el encéfalo que cuelga sobre las mejillas como una melena trenzada cual corona de espinas. El cuenco que sujeta el ayudante, la tapa de los sesos, cercano a la oquedad abierta del abdomen, parece un cáliz consagrador que vaya a ser llenado con los restos de la disección.

Mis extrañados anatomistas asisten individualizados en su temporalidad pero unidos por su carnalidad, al rito religioso del amortajamiento, sorprendidos y asqueados a la vez, repelidos por un halo de levedad intocable que emana del cadáver. Me gusta que las figuras no miren directamente al observador, tampoco lo hacen entre ellas, y nos conviertan en público, mudos testigos de un espectáculo.







lunes, 9 de marzo de 2009

Márgenes

Supongo que cuando contemplo un anfiteatro como éste me acuerdo de la cantidad de saltos que pegábamos y lo agradable que era caer sobre la tierra recién labrada, perdiendo en el vuelo a veces las zapatillas, cerrando la boca y apretando fuerte los dientes. Solíamos divertirnos saltando márgenes mi hermana pequeña y yo, aunque desde que otra de mis hermanas se cortó la lengua por tenerla entre los dientes al caer, la cosa adquirió emoción, y mi hermana ascendió al rango de heroína, sobretodo porque no se quejó cuando se la cosían.



Salvo en los valles y en los barrancos próximos al mar, la viña asciende desde los inicios de las montañas, –a veces, como en esta zona, llegando a los 650 m de altitud- y lo hace en bancales curvados, alargados, estrechos, como calcando las curvas de nivel. La forma del bancal establece el dibujo de las filas y por consiguiente la orientación de las viñas, norma que muy poca gente se atreve a contravenir, de ahí la importancia que tienen las montañas y su composición geomorfológica.
En la Marina Alta la acción antrópica ha sido muy intensa, afectando a la morfología del paisaje, cubriéndolo de terrazas plantadas de olivos, almendros, algarrobos y, por supuesto, viña.



miércoles, 25 de febrero de 2009

La Taca


"...Te daba una idea, como sucede con tales lugares, y por ello son tan apreciados, de cómo era el mundo antes de la llegada del hombre. El poder de la naturaleza es a veces muy tranquilizador, y aquel era un lugar que tranquilizaba, que te invitaba a interrumpir tus triviales pensamientos sin que, al mismo tiempo, te intimidara con recordatorios de lo breve que es la vida y la inmensidad de la nada. Era de una belleza a escala humana, sin el aspecto abrumador de lo sublime. Uno podía absorber la belleza sin sentirse empequeñecido o inundado de temor."
Philip Roth, La mancha humana.

martes, 17 de febrero de 2009

Barranc de l´Infern




Carne y hueso, es lo único que me viene a la cabeza cuando trabajo en un paisaje. Huesos grises y blancos que enmarcan y recubren como tendones la carne roja palpitante desparramada sobre la tela. Las nervaduras troqueladas que retienen y dan forma a los bancales corren y se impregnan de esa tierra roja precipitada de alguna montaña cercana. La carne aparece en desorden, como una herida cauterizada por donde todavía resbalan hilillos de sangre de tonos rubíes que terminan en densas lágrimas transparentes próximas al nitrato de plata. Arterias que cicatrizan al aire y se fijan como lava, casi por capricho, a mi suelo vertical.

martes, 10 de febrero de 2009

El rosa y el "terroir"


Pensaba que ese aspecto arcilloso de la tierra, a veces una costra laminar seca y perforada de nódulos de carbonatos, agrietada como un cristal y delgada como el azufre en polvo, era rosáceo debido a la floración de los almendros. En días de viento se ven volar y desvanecerse las flores blanco zinc, carmines y cadmios, hasta cubrir la geometría escalonada de los bancales. Brillan como abejas electrificadas aleteando mientras consumen su energía en un último vuelo.

Pensaba que ese zumbido insistente, esas líneas invisibles de sonido agudo y olor a orina, era producido por las flores de los almendros, flores rojas comidas por el sol.

Pero me equivocaba. Ese sabor a miel de la moscatel no era de la abeja, ese color rosa no era de las flores y ese aroma mineral no era una apropiación telúrica de la uva, densa y profunda por naturaleza. Y me ocurre que cuando abro una botella de algún moscatel mediterraneo, siciliano o malagueño, no puedo deshacerme de todo esto, de todo lo que no es el a.d.n. de la cepa.

Mi sobrino Mateo.

lunes, 2 de febrero de 2009

Tap




Muchas de las carnes, pieles, cráneos y apéndices que pinto están fuertemente influidos por la sensación efervescente y grumosa que ha ejercido en mí esta roca sedimentaria, mezcla de arcilla y carbonato cálcico, abundante en los declives erosionados de mis bancales. El Tap es una barrera impermeable al paso del agua y adquiere tonalidades grises, azules y amarillas en contacto con la luz del sol, el oxígeno o la humedad. Cuando estas rocas carbonatadas se descalcifican aparecen arcillas rojas, acumulándose al tiempo que se diluyen sobre brazos, piernas y cabezas a modo de polvo mineral.

Siendo pequeño, mientras desbrozaba el margen inferior de la viña, destapé un nido de lagarto con unos cuantos huevos. Se me ocurrió estrellar uno contra el suelo y para mi asombro, ¡rebotó! El segundo lo abrí delicadamente con un palo y extendí ese amasijo de escamas coloreadas y mohosas sobre una roca de Tap. Aquella asquerosa composición de rojo coágulo sobre un blanco hueso fue mi primera paleta de color.